
TenÃa astigmatismo, ya saben, ese defecto por el que la retina no enfoca bien, pero tras sus pequeños anteojos, Carl Graham Fisher escondÃa una mente brillante y una determinación de acero. A finales del silo XIX, con ocho años fabricaba bicicletas, tuvo el primer concesionario de coches de Estados Unidos y el 20 de marzo de 1909 se unió a sus tres socios para que firmaran los estatutos del que iba a ser el mayor circuito de la historia del motor: Indianápolis.
Ayer se cumplió un siglo desde que esos cuatro emprendedores, comandados por Fisher, pusieron en marcha el proyecto que culminarÃa con la primera carrera de motos, la única hasta el año pasado, en agosto de ese lejano 1909 en una pista de grava, arena y alquitrán. La prueba no terminó e incluso hubo muertes y algo parecido ocurrió en el primer experimento con coches. ParecÃa el fin de un comienzo, pero Fisher convenció al resto de inversores para que construyeran la pista con ladrillos. Dos años después se reinauguró con la celebración de un desafÃo de 500 Millas que harÃa famoso el circuito y la ciudad del noroeste de EE UU. Más de 80.000 personas pagaron el equivalente a un euro para ver nacer la leyenda. Desde entonces millones de personas, más de medio cada año, han comprobado que el sueño de Fisher, hace ahora cien años, es una increÃble realidad.
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